Una buena parte del (magnífico) triunfo del pasado domingo del italiano de Astana Nibali (Mesina, 1984) en Il Lombardia responde al monumental trabajo realizado por su compatriota Rosa (que alzó los brazos en la Milán-Turín) y del siempre infatigable Landa.

El Tiburón, como es popularmente conocido, lanzó un ataque (lleno de picardía, astucia y conocimiento de la zona) en el descenso del Civiglio, pero, antes, en el ascenso a dicha cota, había demostrado ser uno de los hombres con más piernas y combativos en el pelotón de los elegidos (Pinot y Chaves salieron a varios de sus ataques, en un grupo con mucho nivel, compuesto, entre otros, por Nieve, Moreno, Valverde y el ya citado Rosa). Luego, ya con el terreno favorable, Rosa cortocircuitó todos los intentos de ordenar la persecución, llegando a desesperar a un Valverde que, en tono jocoso, le reclamaba que fuera él mismo el que marcaba el ritmo.

Ante el clamor patrio de una afición entregada, Nibali obtenía la mayor distinción de una temporada que, venía siendo bastante gris (salvando el campeonato nacional en ruta, cosechado a finales de junio y estos últimos envites). Baste reparar en el inusual hecho de que el de Mesina, junto a las dos ya referidas, tan solo atesoraba dos jornadas de gloria más, en la muy reciente Coppa Bernocchi y los Tres Valles Varesinos (ambos antesala y preparación tanto de los Mundiales [en los que Nibali pasó sin pena ni gloria] como del último monumento de la campaña).

Echando la vista atrás, y teniendo en cuenta que hablamos de un hombre que ha ganado las tres grandes (Tour 2014, Giro 2013 y Vuelta 2010), se esperaba mucho más de su concurso durante este año al que ya le restan los últimos coletazos.

Tras su presencia (meramente testimonial) en Dubai y Omán, Nibali concluyó en el puesto 40º en la Strade Bianche brillantemente vencida por Stybar. De ahí concatenó unas más que discretas participaciones en Tirreno (16º en la general, ningún día en la batalla), Milán-San Remo, Amstel, Flecha y Lieja (en ésta última alcanzó su puesto más meritorio, un decepcionante, a todas luces, 13º).

Tras pasar por Romandía y Dauphiné (10º y 12º en la general, respectivamente) Nibali enfrentó los nacionales de ruta de su país, donde se impuso con suficiencia al sorprendente Reda (cuyo positivo por EPO saltaría pocos meses después a la palestra) y a Ulissi. Con esta victoria, Vincenzo reeditaba maillot con la enseña transalpina.

Con esa carta de presentación, Nibali acudía al Tour, a defender su entorchado del año anterior (en una competición marcada por los abandonos de Froome y Contador por caídas y por la irrupción de los franceses Bardet, Péraud y Pinot, estos dos últimos acompañantes de pódium del transalpino). La suerte (y las fuerzas) le fueron esquivas durante la primera semana y se dejó sus aspiraciones a la general en la etapa de La Pierre Saint Martin (también conocida como la exhibición de Froome). No cejó en su empeño (algo que le caracteriza) y recuperó un pico de forma durante la última semana que le permitió vencer en La Toussuire – Les Sybelles y, con ello, asegurar el cuarto puesto de la clasificación general (tras los Movistar, Valverde y Nairo y el ganador final, Chris Froome).

Con ese sabor, amargo, Nibali se retiró a sus cuarteles de invierno hasta la Vuelta. Pero su presencia por tierras nacionales fue ínfima, tras resultar descalificado en la segunda etapa (la primera de la general, tras el fiasco de la crono por equipos de Puerto Banús). El italiano, que se cayó durante el transcurso de la jornada, fue remolcado por el vehículo de su equipo para reingresar en el pelotón de los favoritos, que se encaminaba (raudo) a la subida de Caminito del Rey. Las imágenes se hicieron públicas y Nibali se marchó a casa sin apenas tiempo para saber en qué estado se hallaba.

Solo a partir de ahí, y siempre en territorio italiano, el Tiburón ha rendido a razón de su clase. 2º en la Coppa Agostoni, 3º en el Memorial Marco Pantani, 5º en el Gran Premio Industria y Comercio de Prato y su ya referidas victorias en Bernocchi, Tres Valles Varesino y el Lombardia (y su anónimo paso por Richmond).

La temporada de Vincenzo, que cumple su tercero y penúltimo año con los kazakos de Astana, queda redimida con la victoria en el último monumento (la primera clásica que adorna su palmarés), pero, a buen seguro, para Vinokourov y los responsables del Astana, contextualizada en conjunto, sepa a muy poco.

Aún no ha llegado el caso, pero si éal mismo refería a la finalización de Il Lombardia, que en las piernas de Rosa hay un Giro, no sería de extrañar que, en 2016, Nibali vea como otro hombre como Aru reclame galones de jefe de filas, salvo que el de Mesina reverdezca pretéritos laureles.

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